El otro día leía en la página inicial de La Coctelera, en los comentarios recientes (y ahora soy incapaz de recordar el nombre del blog), sobre alguien que trabajaba 10 horas y que no tenía vida a pesar de haber hecho mil cursos de formación, un máster en USA y no sé cuántas cosas más...
Me apuntaría a su club en caso de que lo crease y me haría cargo de la sección de los frustrados en los que nunca confían: mi jefa no quiere saber, no quiere leer, no quiere entender, no quiere cambiar, no quiere suponer, no quiere animar, no quiere motivar, no quiere organizar, no quiere planificar, no quiere incentivar, no quiere avanzar y no quiere confiar en mí. ¿Qué quiere? Trabajar poco, cobrar suficiente (en este punto, cabe hacer mención explícita de la relatividad de las cosas) y olvidarse de mí.
No le importa lo que hago. No le importa si lo hago. No le importa si puedo. No le importa si quiero. No le importa si valgo. No le importa si tengo. No le importa.
Hasta hace poco sólo le importaba que el Innombrable sacase adelante parte del trabajo y poco más. Ahora empieza a sentirse mal por los comentarios que oye y las situaciones que provoca. A mí me hastió y pudo conmigo. Casi me anuló. De hecho, en el conjunto del equipo, entre unos y otros, me anularon.
Y, a días, pienso y siento que no debe preocuparme lo más mínimo y, a días, pienso y siento que no hay derecho y, por momentos, me hundo o me cabreo o me decepciono. Otros días, como hoy, un poco de todo. Saldré a desayunar, cogeré fuerzas y llamaré a la Mía que me salva de todo.




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