Se escapan los días sin darme cuenta. Sé que no soy la única (ayer noche mi hermana mayor me lo decía también: ¡se escapan los días sin poder hacer todo lo que está pendiente de hacer y eso que no paro! La oí agobiada, triste, cansada y volvió a invadirme la sensación de culpabilidad por sentirme orgullosa y satisfecha. Me gustaría saber llevarlo mejor), pero no lo puedo evitar ni me siento más reconfortada por aquello de "mal de muchos, consuelo de pocos".

Ayer fue un día completo. Desde luego, pasó rápido, pero es que prácticamente no tuve tiempo de respirar. Al mismo tiempo, el día en sí avanzó poco a poco. Las horas de trabajo cuestan y no por el trabajo aburrido y monótono como el que más, sino porque no tenemos material y llenar las 9 horas que me tocaban ayer, cuesta.

Por la tarde empezamos un curso de iniciación a la cata de vinos. Hace muchos años (¿o hará escasamente unos pocos? ¡como pasa tan deprisa!) hice uno organizado por la colla castellera progre de la ciudad. Lo pasé bien, pero por aquel entonces era una tímida recalcitrante y me faltaba mucho vocabulario català (entre otras cosas): me quedé a la mitad. El que inicié ayer será totalmente diferente: lo hago con la Mía (¡ya hace treeeeeees años que dijimos que, con el tiempo, lo haríamos. Sin darnos cuenta, lo estamos haciendo. Qué relativo todo.

La primera sesión fue introductoria, aclara conceptos y sales con la sensación de que tienes que ejercitar mucho para poder, simple y no tan simplemente, reconocer los aromas. Nos pasaron unos cuarenta pequeños botes similares a los de medicamentos en cápsula, donde se acumulaban sustancias aromáticas tanto vegetales, como químicas como frutales. Algunos espantosos (una anchoa, un pimiento verde pasado, acetato de etinol, sulfuro) y otros muy agradables: desde los caramelos solano de fresa y nata, hasta el maracuyá, el café o la lavanda. Al final tenía el estómago un poco de punta.
Después pasamos a catar seis tipos de vinos diferentes: tres blancos y tres tintos. De apariencia bastante similar, todos ellos me parecieron totalmente diferentes en el momento en que nos detuvimos y los visualizamos, los oloramos y los paladareamos con detenimiento intentado describirlo. Cabe decir que fue el profesor (toda una sorpresa: parecía un tímido enterado y resultó un educado divertido) el que hizo todo el trabajo, pero nos puso en el camino…

Lo dicho siempre: los vinos, como los toros, todo poesía…

Al salir, las 21.30, todavía me quedaba estudiar árabe, trabajar sobre una comunicación para unas jornadas de mayo, leer un poco de los libros que compré el sábado en Barcelona, jugar con Paquito y, lo más importante, estar con la Mía.

(Imitando a Miope68: imagen prestada de esta página).