Siempre me ha llamado la atención que a menudo se generalice y se conviertan en costumbres, en tradición o en norma, hechos o acontecimientos que tuvieron su lugar y su momento. "Cuando éramos pequeños solíamos ir a la playa de La Pineda", por ejemplo, y resulta que a la playa de La Pineda fuimos un año que mis tíos tuvieron un apartamento durante quince días y no toda mi infancia.
También me resultan curiosos aquellos comentarios en los que una experiencia particular con la justicia, con el ayuntamiento, con la seguridad social o con diferentes instituciones sientan precedente y mi caso, mi relación tiene que ser la misma o está mal. "Yo no quería pagar la cuota de la VISA. Fui a la sucursal y se lo planté al director y no me la han vuelto a cobrar". Con ello te están diciendo: si tú pagas, es o porque eres tonto o porque quieres. Quizá sea eso.
Ya no entro en aquellas otras ocasiones en las que, simple y llanamente, un mismo acto, un mismo hecho se ve totalmente diferente. Por ejemplo, para mí trabajar en un mismo servicio durante 14 años no vale lo mismo que para otra persona: para unos esos 14 años les valen 6'81 y para mí, 1'33.
No obstante, lo que más me hace sonreir es oir a mi madre decir que "habrá pueblos en España en los que se hagan actividades, pero nena, como en este, pocos". En fin.
Son eso, una visión diferente de las cosas. Simplemente. Una visión de las cosas, de los días, de los lugares. Como los lugares propicios para el amor. Yo tengo el mío.
Inventario de lugares propicios al amor
Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿A dónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.




2 comentarios
Cömo no, ese Angel Gonzalez nacido en Oviedo que tan dentro lleva la grisalia que nos acompaña... como no huir de ella y viajar al sol....
Sí, 6 i pico,... però ni així!!!!
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