Vuelvo de desayunar y vuelve a mi cabeza uno de los temas de conversación mantenido durante el transcurso del mismo. mU hablaba de lo sorprendida que había quedado al oir a una compañera comentar un reportaje del dominical del ABC: “es la primera y única persona que conozco que lee el ABC”.
Es curioso cómo nos etiquetamos en nuestro día a día sin se conscientes y cómo, a veces, juzgamos alegremente. Claro que luego llegan las sorpresas y los comentarios, cuando quien tú creías que iba a reaccionar de una manera lo hace de forma contraria o al revés, quien tú creías que iba a pasar de todo, se muestra conciliador o receptivo o comunicativo.
La eleccción de un medio de comunicación u otro marca, evidentemente, tendencias pero también tenemos que tener en cuenta otras circunstancias que obviamos muy fácilmente. Por ejemplo, te acostumbras al periódico que se leyó en tu casa toda la vida y, por pura costumbre, eres incapaz de dejar de leerlo a pesar de su tendencia. Incluso se hizo presente en tu casa porque no había otro al alcance. En casa de mis padres, sin ir más lejos, se leyó siempre el “Diario Español” aún cuando ha cambiado de nombre y cabecera, el Zaragoza Deportiva y, a partir de los ochenta, El País. Eso sí, cada uno de ellos llegaba a casa gracias a los gustos de tres personas completamente diferentes: mi madre, mi padre y mi hermano Fernando. Ellos tampoco oyen la misma emisora de radio ni ven los mismo canales de televisión (aunque mi madre dice que no sabe qué pasa con el televisor del comedor que sólo emite deporte).
Me acostumbré a El País y durante años fui asidua y fiel lectora. Durante la carrera me hablaron del suplemento literario del ABC y, con cierta timidez y nerviosismo (¡era una especie de traición¡), empecé a comprarlo los viernes, que era el día que publicaban el suplemento literario. Tiempo después mi economía me obligó a prescindir de la compra de ambos y pasé a ser lectora de prensa de bar. Y ese es otro mundo. Hay bares (cafeterías, snack-bar, restaurante-cafetería, cafés, granjas,…) que compran un diario de tirada nacional y otro de tirada local y un deportivo y puedes encontrar El Periódico de Catalunya, El Punt y el Sport (ya sabes que allí no puedes hablar del Madrid); en otros encuentras El País, el Diari de Tarragona y el Marca (castellanos, fijos); en otros, el Mundo Deportivo y el Diari de Tarragona… En fin. Todo un mundo.
Pasados los años, volvió la bonanza económica a mi vida y volví a comprar el periódico, pero algo había cambiado: empecé por alternar cabeceras e intentaba comprar o leer el que adjuntase la sección literaria ese día: empecé a encontrar divertido contrastar las mismas notícias. Y las acciones de marqueting de algunos diarios acabó por dispersar mi atención: decidieron fidelizar clientes entre los universitarios y cada día, al llegar a la facultad, te encontrabas un diario de tirada nacional y otro local, gratis (o de franc, que es una expresión que me hace mucha gracia).
El País me falló estrepitosamente en un par de ocasiones (una de ellas tuvo que ver con la inclusión de un anuncio homófobo) y decidí que no lo volvería a comprar. Ahora compro La Vanguardia (monárquico) pero en mi móvil suena el Himno de Riego (sí, aquel que los tenistas españoles de la Copa Davis no supieron identificar cuando lo tocaron en Australia en lugar del himno oficial de España y que es mucho más que eso) y sigo hojeando el suplemento del ABC cuando tengo oportunidad. Además, ya no sintonizo permanentemente la SER.
¿Pensará mU que tengo los cables cruzados? A mí sólo se me ocurre pensar en S.R. Ranganathan y sus cinco leyes de la Biblioteconomía, extrapolables a la prensa:
• Los libros son para usarse.
• A cada lector su libro.
• Para cada libro su lector.
• Es preciso ahorrar tiempo al lector
• La biblioteca (o el espíritu humano, añado yo) es un organismo en crecimiento.
Mañana más

El País, 25 de mayo de 2005



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