Estos días son días de fiestas, de verbenas y de celebraciones diversas. Muchas de ellas acaban con fuegos artificiales.

A mí me gustan mucho los fuegos artificiales. Me parecen un ejercicio de magia y color. Cuando era pequeña, los fuegos artificiales que veía eran de año en año, para acabar las fiestas de San Mateo. Te acercabas a uno de los puentes del río para verlos mejor y yo me moría de miedo, pero me atraían poderosamente...

Estos días he podido ver fuegos artificiales desde mi balcón, desde otros puentes sobre río y ya no me dan miedo: ha podido con él la plasticidad de sus colores, las formas imaginadas, el ritmo de sus sonidos.

Hoy al ver las noticias en televisión he vuelto a ver fuegos artificiales. Pero esta vez ni celebraban nada, ni tenían ritmo ni nada parecido: era el cielo de Beirut. ¡Qué terrible..!

Hoy hace 70 años también pensarían si eran fuegos artificiales lo que se les venía encima un grupo de militares que esperaban el verano en el Aeropuerto de Melilla: si leéis El País, veréis una esquela de las hijas y nietas de algunos muertos; si leéis Una mujer en la guerra de España de Carlota O'Neill sabréis qué pasó...

Qué frágil es la vida. Como los fuegos artificiales.