Yo me acuerdo todos los días de mi madre, no solo hoy.
Tengo la suerte de que ha vivido y (espero que lo siga muchos años) casi 76 años de los que casi 56, los ha dedicado a parir ocho hijos, criarlos, aguantarlos, quererlos, mimarlos, hacerles ropa, darles caprichos, multiplicarse, olvidarse de sí misma, trasnochar mucho, mucho, mucho, fumar más, prometer "cuando llegue primeros de mes" y animarnos mucho, mucho, mucho a disfrutar de la vida, que no sabemos qué puede pasar mañana y hay que aprovechar el hoy.
Precisamente hoy, qué poco original, oía en un programa de la radio un espacio dedicado a esa celebración, al día de la madre. Una de las protagonistas, madre a su vez, comentaba que cuando era pequeña hacía manualidades en la escuela para el día de la madre. Yo también. Pero hace, ¿cuántos años? Tantos, tantos, que me parece recordar como en un sueño la primera vez que me pintaron los labios en la guarderia para hacer una obra de teatro. Fuepor la mañana y me costó un triunfo comer sin que se me borrase esa poca pintura de labios para que, a las cinco, al llegar a casa, mi madre me la viese... Estaba sentada en una silla, junto al teléfono, como absorta. No sé qué debía pasar, pero no me hizo caso. Me debió oir, seguro, porque me contestó, pero no me oyó. ¡Cuántas veces me pasó eso! Ir detrás de ella por toda la casa explicándole, hablándole, narrándole. A todo me contestaba: "ah, sí? ¡vaya! Muy bien". Me oía, pero no me escuchaba.
La eché de menos muchas veces. Muchas. En los festivales del colegio, en las competiciones de atletismos, muchos "domingos de los padres" en las colonias, en la piscina, en los días de Reyes, en mi confirmación, en los momentos en los que no entendía que era entender, ... Pero siempre tuve, mientras viví con ella, la cama abierta cuando me acostaba, el calor de su cuerpo cuando me metía en su cama si mi padre iba a trabajar de noche, los dichos y los hechos de mi abuela contados bajo su propia vivencia, el arroz con leche que no dejábamos reposar, su hacerme compañía mientras estudiaba y no dejar de hablar, su silencio del entendimiento callado durante años y respetado con casi admiración... Mil cosas.
Ahora, cuando le cuelgo un cuadro, cuando me encargo de comprarle todo lo quepesadel supermercado, cuando me llama y, durante veinte minutos intentamos poner el canal plus para que mi padre pueda ver los partidos de compra y no nos aclaramos con la televisión nueva, siempre me dice lo mismo: "Hay hija, cuánto mal te damos".Siempre le contesto que yo a ella le debo la vida.
Yo me acuerdo todos los días de mi madre, no solo hoy. Varias veces al día. Por la mañana, cuando no oigo repetir seis u ocho veces lo mismo sobre la ducha o no la veo tomarse su aspirina diaria (¿quién diría que no tiene un agujero en el estómago tras toda una vida de aspirinas matutinas?), o al medio día, mirando cien veces la chuleta de las pautas de medicación de mi padre -"me las sé de memoria, pero cada vez lo miro"- o después de comer, cuando quedamos en que yo friego mientras ella prepara los cortados y acabo fregando y preparándolos yo y ella, sigue hablando y hablando, o por la noche, cuando soy yo la que abre la cama a la Mía...
No hace falta que sea el día de la madre para celebrarlo. Yo doy gracias cada día por poder disfrutarla, aunque a lo lejos, cada día, como un regalo.
Paquito también la busca y si es la Mía... ¿Cuántos paquetes de Ducados van?




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