La primera imagen real que tuve de ti fue con las tus ulleres sujetándote el pelo. Así las llevo yo ahora que puedo. Hasta hace mes y medio me conformaba con verte con ellas y con toda la colección que tienes. Algunas son divertidas como las de la montura atigrada (¿influencia de tu madre?), otras singulares (con la visión sonrosada), pero todas igual de auténticas y favorecedoras porque “tienes cara de gafas”. De sol, claro.

Ahora, gracias a Dios, a la tecnología y a ti, puedo experimentar qué y cómo ves el mundo a través de las formas y colores de tu colección de gafas de sol. Pero sólo unas son las tus ulleres. Es una sensación nueva, especial, cercana, casi íntima, la de ver el mundo tras los cristales semioscuros de ellas. Viendo el mundo como tú lo ves, sabré entenderte mejor todavía.

Lo disfruto y quería contártelo.