Me dolía y me rodaban las lágrimas por la cara sin yo quererlo de pura desolación aquellos dos días de hace 35 ó 36 años (él año y medio y yo, cinco) en la guardería a la que entró, claro que sí, a mediados de curso y por enchufe. Las monjas pretendían que yo lo controlara, que lo cuidase, que le quitase el disgusto, cuando lo que yo quería era que se lo llevaran, aunque fuese con mi madre, porque no tenía consuelo posible y me partía el alma viéndolo llorar sin parar, sin parar.

Un Carlitos real, arguellado dice la abuela, la única que le llama Juan, se pasea con demasiada melena castaña para su cara pequeña de mico donde sobresalen unos ojos vivos como el hambre pero demasiada melena larga y lisa para ese cuerpo pequeño, menudo y delgado.

“Hay tres clases de hombres: hombres, hombrecicos y cagamandurrias y tú eres un cagamandurrias”, repite el tío Baile, a quien se le cae la baba con el niño arguellado que va al colegio con 4 años porque es tremendo y le consiguen plaza por aquello de queel “señor director” manda mucha romana y es amigo del tío que, a saber, qué clase de hombre era. Y le enseñan a decir que “en casa tiene cuatro años pero en el cole, cinco”. Y la señorita se extraña tremendamente cuando quieren que repita curso...

Ese pequeño arguellado de demasiada melena larga y castaña, casi rubia, qué cosas, lleva botas para ir a la playa, con sus calcetines de hilo azul marino, como sus botas, y su bañador de lycra de listas parece floreadas de diminutas formas azul marino sobre blanco, ajustados a su menuda pierna (¿cuántos años fue el mismo? ¿creció el bañador o no creció el niño?) y su camiseta de tirantes sin canesú, camiseta de imperio, calada que es verano, propia de la época (“Abanderado, para él. ¿Y para ella? Bragas Princesa”).

Me duele ese párvulo al que un día atropellan en la puerta del colegio (viernes, tres menos cinco de la tarde), los mayores del colegio haciendo cabriolas con sus bicicletas y el párvulo que juega a superman se queda sin poderes en la bata colegial convertida en capa. Esa herida en su pierna cubierta de vello rubio casi invisible, sus cinco años, su menudez y su llanto vuelven a partirme el alma de nueve años, al verlo entrar en los brazos del mismo “señor director” llorando desconsolado.

Ese medio rubio arguellado que da patadas a la pelota y a las espinillas de sus hermanas se fue y dejó paso a otro igual de menudo, pero infinitamente más nervioso e inquieto, participativo, enredón, enmadrado, que solo come bocadillos de nocilla y odia el queso y no le gusta el embutido, que corre como uno más, como el que más, y a mí me duele ver su delgadez y mi propio fracaso en su debilidad.

Ese niño rondador de anginas y de fiebre con el que juego horas y horas a los clicks de famobil en el suelo del recibidor, en el suelo del comedor o sobre su manta de niño arguellada con su barco blanco sobre mar azul, fiel compañera de suelos, sueños y juegos. Luego llegaron los madelman, los geyperman y el mocosete y la paciencia de la madre que tejió dos chaquetas de Starsky para el geyperman rubio y el mocosete y cosió unos pantalones de pana marrón para ambos de un retal cualquiera...

Uno y otro y otro y uno, de repente, no están y ante mí veo sobre una cama de hospital a un hombre que, adormilado, se queja de dolor. Dicen que nos parecemos. A veces, pienso que nada nos une, a veces pienso que todo.

Le ha caído la moto que se encabritó y se levantó y se quejó en una curva mal tomada. “Creí que me moría en unos segundos”. Siempre, siempre pensé que un día llegaría esa llamada de mala suerte en la que se me anunciaría que ya no estaba aquel niño arguellado hecho hombre y ya sin melena porque su celeridad y nerviosismo se habían quedado en una cuneta junto a su moto nueva. No. Han sido treinta y siete años los que han pasado, ha sobrevivido y, ahora, se queja de un pecho partido por el peso de su moto. ¿Crujiría? ¿Chasquearían los huesos?

Miro a ese hombre, para mí un niño grande, cabezón y merengón hasta límites no sospechados y, por lo mismo, para mí incomprensibles, amigo de sus amigos, pero, por lo que me cuentan, algo traidor de sentimientos (a tu madre que te lo dio y da todo, todo, todo, hasta el mimo y el capricho y el malcriamiento por ser el último y no esperado, que pudo quedarse a ver la tele hasta que quiso, que pudo levantarse de la mesa sin pedir permiso, que pidió el vaso de leche con yema aunque estuviese dormido y que quería verlo vacío por la mañana al levantarse hasta hace pocos días y lomo empanado con patatas fritas una vez más). Ese niño – hombre – cagamandurrías está aquí, a mi lado, en una madrugada tonta como tonta esa caída, como tonto ese querer apurar la vida incomprensiblemente....