En la sala de espera de todas las consultas médicas, aburridas de por sí, hay un personaje que sabe de todo y habla de todo. Hoy le toca participar, intervenir, actuar a una señora de alrededor de 75 años (quizá 70, quizá 80. Hay algunas que nos matarán a todos por su excelente mala salud) que ha sacado sus pieles a pasear y ha decidido acercarse hasta la consulta de mi reumatóloga. Se lo sabe todo y todos a los que conoce, son médicos (a lo que yo me pregunto, ¿qué hace aquí?)
Ha trabajado durante muchos años y “ha pagado hasta 60 mil pesetas al mes de seguridad social” y exige mayor silencio en las noches de los hospitales porque lo único que se oyen son los carritos de las enfermeras hasta las 7 de la mañana molestando pues que les pongan gomas (digo yo que las enfermeras agradecerían eso no, agradecerían no tener que trabajar la noche, no únicamente no molestar a los hospitalizados…)
En un momento dado, su discurso se interrumpe bruscamente al oírse un fuerte portazo (en el exterior sopla un viento terrible que provoca en el interior una fuerte corriente): “que pongan muelles”.
“Yo no puedo estar aquí dos horas. Puedo entender hasta media hora, pero no más no, porque mi hijo come en mi casa y tiene que trabajar y además tengo que ir al banco”.
Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac.
“Y mi vecino, a las 2 de la madrugada, tenía la luz encendida y llamé (mi nuera es la mano derecha de Durán i Lleida) y no sirve la justicia”.
Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac.
De repente, un señor de mediana edad, de los que se sienten orgullosos de sí mismo, de quien sus hijas y mujeres están orgullosas, de los que han salido adelante por si mismos y les sobra ciencia de vida por todos los poros de su piel se pronuncia: “señora, siempre hay otras vías”. Y le explica las posibles alternativas a su situación y a su queja constante.
(Julián Marías le dice en una carta personal a Rosa Chacel que su problema, como mujer, consistía en que era una continua queja).
Pero no le importa y la señora a quien las pieles empiezan a molestar fruto del esfuerzo físico que le exige su plena dedicación a la oratoria sigue su discurso sobre su brote reumático y sobre su médico amigo, que cena en su casa, que pasó de ella cuando lo llamó porque se encontraba mal y le recetó una aspirina por teléfono y luego, en la rambla, que pasase a verlo. Ella que fue Jefe de Negociado del INS.
Porque, claro, faltan médicos: los que hay, sacan hasta 700 u 800 mil pesetas de horas extras.
En medio de la declamación, se abre la puerta de la consulta y aparece, junto al paciente que se despide, una chica joven quien, con una amabilidad de trato y de voz, expresa:
Médico: “¿Podrían bajar la voz un poco por favor? Gracias”
Y procede a cerrar la puerta tras de sí y continuar con sus visitas programadas.
Todavía no había engranado el pestillo de la maneta sobre su eje cuando la señora ex Jefa de Negociado que lleva ya sus pieles como si fuesen un chal de pieles exclama:
“Y los portazos también.”
De nuevo, la puerta de la consulta se abre y vuelve a asomar la cabeza la joven médico tornando la voz amable en voz seria y formal pepera:
“¿Perdón? Hay corrientes e intentamos acompañar la puerta”.
(¿Ves cómo hay que decir las cosas? Por favor, guarden silencio, reza en los carteles).
La señora ex Jefa de la Sección Femenina, digo, perdón, de Negociado concluye:
“Tan mal va la SS que no da para muelles?
Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac.
“… Mientras, los políticos se van a comer y pagan 300 mil pesetas y una botella de vino”
…
“Una vez fui a un médico, recomendada por el médico de cabecera (claro como no) porque tenia una cistitis. Cuando la vistió la trató fatal por lo que decidió ir fue a Inspección del Dr. Araújo que no Araujo.
“Los médicos de ahora no son como los de antes” dice el señor orgullo de sí mismo, de su esposa y de sus hijas. “Antes trabajaban en el Seguridad Social, en la Cruz Roja, en su consulta particular… Ahora ya no. Los médicos de ahora son hijos de trabajadores y son de otra manera”.
Señora: “No no, no porque el mío es hijo y nietos de médicos y amabilísimo De hecho, yo tramité a su abuelo y …”
Pasamos al catalán, para congratular y hacer país.
Senyor orgull de la pàtria : “Jo diria que els metges d’ara són millors que els funcionaris d’abans de la seguretat social”.
Senyora ex Cap de Negociat: “Perdoni, però jo soc humanísima, humanísima. Miri, fins i tot, em vam dedicar un llibre i ...”.
“Perque quan era funcionaria de mutualitats laborals ... Pensi que la Sra. Malé (cosina germana meva) ... Perque quan em vaig divorciar ... I després, va tornar Giron de Velasco ... ¡I ens donava quatre pagas, des de l’u de gener del 67 i després me las van treure ... I em varen felicitar des de dalt...”
“Sí, sí pero …. y el Sr. Rodes, un alcohólico … Y poder fáctico. Fernando Urzaiz Ubiergo, el que concentraba todo el poder en la ciudad …”
“Claro porque hay pacientes con fibromialgia. Pues en el Pronto salió un señor en un artículo diciendo que superó por sí mismo la fibromialgia”
(Vaya recorrido variopinto de temas, opiniones o personas).
El señor orgullo del mundo intenta aconsejar didácticamente a los demás, no en vano, él tiene un currículum vital por ofrecer: él no deja a los demás propina.
Él: “¿Y usted, señora? Porque, perdone señora, pero 10 céntimos son 28 pesetas de las antiguas”.
Ella: “Es que a mi me da vergüenza cogerlas”
Él: Pues a mí no. ¡Ah! ¿Y quién le ha dicho que cobran poco? O a lo mejor es hasta el dueño.
Ella: “Claro que también depende de la manera como te atienden…”
Él: “Por eso yo no voy a los bares y, de paso, no salgo con olor a tabaco”
…
Volvemos a cambiar de tema y de lengua, que no de tono ni de metodología:
Ell: Senyora, ¿porta rellotge de piles? Doncs, tregui’s el. Creen un camp magnètic molt dolent pel cos.
…
Por aquí, a mi vera ya se han dado cuenta de que tomo notas de los que oigo y, por fin, mi nombre se oye en los altavoces: me toca.



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