Menos mal que hoy no tenía previsto ni casarme ni embarcarme porque no era el día. Amaneció el día triste y gris oscuro, tanto que creí estar adelantada al reloj cuando he salido por la puerta del garaje y únicamente he visto las luces de los autos de los demás asalariados cegándome los ojos. Por lo menos, no hacía el frío helador de estos días atrás.

La cuestión es que he llegado al trabajo y con ello, la primera providencia: me he topado con la Compañera Ideal de Trabajo, de quien he recibido un seco y distante saludo, al uso de los que yo le suelo ofrecer. Aunque para ser justa debo confesar que hoy hemos cruzado alguna palabra más, en relación a un evento festivo que tenemos esta mañana plomiza que ya empieza a pesarme.

Con esa alegría, he dirigido mis pasos hacia el cubículo que hace las veces de despacho y que, cierto es, alguna envidia provoca, y digo dirigir porque de no ser así, mis pasos se hubiesen dirigido hacia la puerta de salida del edificio y no es plan, sobre todo y teniendo en cuenta que, ya que hemos aguantado hasta el 16, deberíamos aguantar hasta el 22, por aquello de cobrar a gusto… Y eso que ellos no sabían lo que me aguardaba.

Cruzar toda la biblioteca hasta llegar al Fons Antic donde estoy (¿por ser antigua, clásica o rancia?¿para conservarme mejor?¿por obsoleta?) me da tiempo a preparar las llaves que me permiten el acceso pero ¡ah!¡sorpresa! No había cerradura donde introducir la llave. “Despierta”, me he dicho. Pero no, porque he vuelto a mirar y, sí, había una nueva cerradura, de las de tarjeta. Y es que lo nuestro es aplicar la tecnología (que no las nuevas) a todos los ámbitos de nuestra vida y, así, de un día para otro, sin leerlo ni oírlo, me he encontrado con una cerradura en la puerta para la que necesitaba una tarjeta. “Despierta. No estás en un hotel. Será la tarjeta de fichar”. Pues no. No lo era.

Allá que voy a preguntar, encontrándome de camino a la señora de la limpieza quejándose a vez de que las catorce puertas de la segunda planta están cerradas y no puede llevar a cabo su trabajo. ¡Esa es mi pena!

Después de arduas negociaciones, nos indican que debemos esperar a que aterrice en manos responsables que ya anuncio cabreadas por lo que le acaba de caer encima con la liviandad de la tarjeta.

Me río y comento conmigo misma la ironía de la situación (con esas ganas con las que acudo, me encuentro la puerta cerrada -¿no podría ser un mensaje subliminal tipo "debes volver a casa. Seguiremos pagándote"? No- sin saber que no ha acabado la broma…

Por fin accedo a mi despacho sabiendo que si salgo, no podré volver a entrar o deberé interceder por la apertura retardada (que es lo mismo que lo que cuesta localizar las manos cabreadas, que éstas localicen la tarjeta que contiene el secreto de la cerradura retardada y que crucen toda la sala principal del segundo piso). Me siento. Procedo con el encendido retardado de mi computadora (en este caso, no necesito tarjeta: necesito ordenador nuevo) y, para animarme, decido amenizar la estancia con la música de Buika.

Llega la señora de la limpieza (¿por qué ha visto una de las catorce puertas abiertas? No, eso es harto difícil) y me dice:

“Que no se te vuelva a ocurrir dejar esto en estas condiciones, llenos de virutas por el suelo y tan sucio. Dejada, que eres una dejada. Y encima, escuchando flamenco. ¡Uy! Esa no me gusta nada. Y es que el flamenco no lo llevo. Y encima es negra. Oyes, que no soy racista pero una negra cantando flamenco…”

No sé qué pensar. Como aquél que dice, sólo ha comenzado la jornada matinal laboral. ¿Qué me pasará a lo largo de las seis horas restantes????