Ayer fue la última clase. El edificio fue un colegio religioso antes y, desde el año 1971, sede universitaria. ¡La historia que ha vivido y las historias que ha albergado! ¡Las obras y remodelaciones que ha sufrido! Ha visto a los grises correr delante de su puerta y a estudiantes, convertirse en docentes, casarse, tener hijos y separarse. Donde yo iba a clase de Literatura del siglo XVIII, de 8 a 9 de la noche, se convirtió, con los años, en la hemeroteca de la biblioteca; el aula en la que asistí a las clases de Introducción a la Lingüística, primero fueron el local de las fotocopias y, después, un almacén; los conserjes (Rafaé, entre ellos, siempre con bata azul mahón, siempre anunciando “lo fá” que llegaban) estaban en un cuarto en la primera planta que ahora es una parte de un aula; y el despacho en el que yo firmé el contrato de auxiliar, pasó a ser despacho de la Cap de la Biblioteca y, ahora, aula de informática)… El bar, eso sí, lo conocí en el mismo sitio, pero no se libró de las reestructuraciones de espacio, siempre para mejorar.
Ha pasado de ser Delegación Universitaria, Facultad, Facultat, sede de Comisión Gestora y centro de la universidad y, de la misma manera, ha ido perdiendo puntos en la competición: tal cual llegó el cénit, llegó el ocaso. Empezó a perder los cargos, la importancia vital, el cargo de sede, estudiantes y … ahora, lo dejan por obsoleto, por viejo, por codiciado y porque la vida tiene eso, sus momentos.
Mi madre siempre decía que me tendrían que haber hecho un cuarto para poder dormir allí. Ahora miro hacia atrás y me sonrío para mis adentros y recuerdo mil anécdotas y me río de mis inseguridades y de mi carrera académica y vital. Llegar siempre tarde a clase y entrar siempre por la puerta de atrás; saber si teníamos clase de Poesía del Siglo XX por el rastro aromático del profesor titular en los pasillos; entrar en algunos seminarios entre brumas de humo; ver al Antonio del bar observando, siempre apoyado sobre la máquina de café, las mil botellas de medianas sobre las mesas y las mil relaciones escondidas; cruzarte con un personaje con salacot que llegará a ser Premio Príncipe de Asturias; y dar mil vueltas sobre qué sería la tierra parcelada y removida del parquing (¡catas para las prácticas de excavaciones!)…
También recuerdo la primera vez que pisé la biblioteca (cerrada desde el viernes hasta el lunes y ni en sueños más de dos libros en préstamo), las multas que pagué, las multas que nos dieron de merendar (¡cuántos Kit-kats, Susana!), la tontería de cruzar los carros de libros y apagar las luces, las horas perdidas en el cutre Alhambra y punto final.
Ayer se hizo la última clase y no pude ir. Si al menos hubiese llegado tarde, pero no, tuve una reunión (¡qué pretensiones!). La historia tuvo su cita con su último “como decíamos ayer”, con un ex conseller en Cap haciendo los honores de exalumno, un profesor respetado como magíster y cuatro antisistemas boicoteando la última clase del edificio de letras




2 comentarios
Por como lo cuentas, a mi también me hubiese gustado estar allí jeje. Beos desde Asturias y bon nadal!
Tambien me hubiese gustado estar allí. ¿Que es ahora ese edificio?- Se derrribara y se dedicara a construir viviendas con las que especular.
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