Llegada la hora de fichar el inicio de su jornada laboral, Enforni, siguiendo sus habituales costumbres, se acercó al aparato de control de fichaje e introdujo su tarjeta en la ranura destinada a tal efecto. Una ranura típica, anodina, gris, exactamente igual a las que encontramos en los cajeros automáticos, en los dispensadores de tarjetas de los aparcamientos o en las entradas y salidas de las autopistas para pagar el peaje.

Con su gesto habitual y repetido en el tiempo y el espacio procedió a empujarla con un tremendo golpe de derecha, algo similar a un buen puñetazo. Eso sí, aprovechando la parte más mullida de su mano, puesto que los dedos pueden lesionarse, obligarte a acudir a un médico y tener que dejar de producir registros de libros por unos momentos.

Ella, al igual que todos los demás que pululaban por el mostrador, había intuido su llegada por los aspavientos de la presencia de Enforni. No pudo reprimirse y le espetó un "Enforni, hombre, ¿no puedes ser un poco más suave y fichar con un poco más de cuidado?".  Él, no podía esperarse menos le contestó en su habitual forma de interrelacionar con un "¡pero qué piensas! ¿que es una vagina?". Y la calló.

Y como quien no dice nada y como si no pasase nada, todo el mundo siguió a lo suyo: Enforni a su dar portazos para entrar en su despacho, ella a su seguir dando órdenes e instrucciones y yo a seguir sin entender algunos comportamientos humanos.

Pd. En Recursos Humanos se preguntan porqué razón de ser pedimos tantos duplicados de tarjetas: sólo tienen que preguntarlo: unos las parten a base de fichar a puñetazos y otros, las recambian porque la sensibilidad del aparato pierde enteros y no te permite grabar las entradas y salidas...