NURIA LARREA
Hombres y mujeres no somos iguales. Es, simplemente, una cuestión de alfabeto: la «y» nos diferencia. Tener o no tener esa letra del alfabeto en nuestros cromosomas marca nuestra distinción.
En el Neolítico nos dijeron que recolectásemos frutos y plantas, mientras ellos iban a cazar el mamut, tarea de la que fuimos preservadas por su alto peligro. Gracias.
Después nos dijeron que fuésemos reinas del hogar, dueñas de nuestra casa, que nos encargásemos de los hijos, de su crianza, mientras ellos se dedicaban a dirigir el mundo, a ganar guerras o perderlas, a solucionar conflictos y problemas? tareas de las que fuimos preservadas no sólo por su alto peligro, sino porque, además, resultaban muy fatigosas. Gracias.
Para aliviarnos de nuestro papel de seres sin voz ni voto en la sociedad (a no ser que estuviésemos acompañadas de nuestros maridos) nos dijeron que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Dudo, sin embargo, que nadie se acuerde, o lo haya hecho, de la mujer de Alexander Fleming (es un poner), descubridor de la penicilina, ni que nadie haya agradecido íntimamente su callada y doméstica labor diaria; no creo ni siquiera que sir Alexander se diese cuenta de lo primorosamente que estaban almidonados los cuellos de sus camisas.
Sin embargo, después de unas cuantas generaciones, el alfabeto volvió a funcionar, pues la «x» nos iguala, esa «x» que ambos sexos tenemos en nuestros cromosomas.
Así que las mujeres salimos de nuestras casas, sin abandonarlas, por supuesto, para decidir, para optar, para elegir lo que queremos hacer, ser, pensar, desarrollar, mientras ellos se dedicaron a perder los papeles, que, por otra parte, siempre habían sido suyos.
Y así, no se respeta nuestro trabajo: nos pagan menos por hacer lo mismo.
No se respetan nuestras capacidades: nos engañan con «cuotas» que mal cubren con quien ellos deciden.
Ni siquiera se respeta nuestra integridad moral, psicológica y física: un juez sentencia que un individuo que ataca a su ex mujer a las 4 de la madrugada, mientras dormía y con una orden de alejamiento, no es alevoso. Es posible que el ex marido no lo fuese, pero el que sí fue alevoso fue el señor magistrado, cuya víctima, desde su silla de ruedas, no pudo ni pestañear ante su ataque-sentencia. La mujer tampoco, desde luego, pudo contar con una defensa exterior: no cabe posibilidad de recurso. Es posible que los jueces, en particular, piensen que sólo las mujeres podemos ser alevosas, y aviesas, lo cual es muy cierto, pero olvidan que a nosotras, a la hora de quitarnos a alguien de en medio, nos van más los venenos: reminiscencias de haber cogido tantas plantas en el Neolítico.
En resumidas cuentas, se trata, ni más ni menos, de una falta de respeto al alfabeto, a esa letra «x» que compartimos, no lo olvidemos.
Solamente me cabe esperar que llegue el día en que ningún hombre diga ya las palabras con que Clarín tituló uno de sus cuentos: adiós, cordera.

Publicado en La Nueva España, 5 de marzo de 2010
Imagen extraída de http://lascosasdeyssa.blogspot.com/2009/09/alfabetos-decorativos-png.html



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